
Hace apenas unos días hubo estallidos de protestas en todo el globo terráqueo a causa de arribar al quinto año de guerra en Irak, llevada a cabo por los Estados Unidos y las fuerzas aliadas, y resultó asombroso el ver las decenas de miles de civiles inocentes muertos en la misma, además de otros miles de jóvenes de las fuerzas militares estadounidenses y aliados. ¡Que triste ver madres llorando sus hijos!, ¡hijos llorando a sus padres!, y esposas enlutadas a destiempo, a causa de esta sombra mortal en que ha vivido al humanidad desde los tiempos más remotos, llamada guerra.
Y, mi querido lector, es que estamos en tiempos de guerra, vivimos en guerra a diario, y ya no es como aquella guerra fría de los años 60 y 70 entre la antigua Unión Soviética y Estados Unidos, sino una guerra abierta, de conocimiento público, sin cuartel, y sin que nadie nos explique qué está pasando.
Hay guerra intrafamiliar, por eso la violencia doméstica, que al parecer es como un virus creciente que no respeta color, posición social, ni intelectual para causar estragos; hay guerra de hijos contra padres, guerras de mercado, guerras políticas, que en nuestro país son el ¨pan nuestro de cada día¨, y aunque no lo crea, pero es así, también hay guerras religiosas que -dicho sea de paso- son de las más peligrosas, sino mire el modelo talibán, y otros movimientos religiosos alrededor de la tierra. También existe la mayor de todas las guerras, la guerra espiritual, la guerra entre Dios y Satanás, la guerra entre el bien y el mal; claro está, usted sabe quien es y será el ganador de la misma, pues claro que es Dios.
Ahora bien, sin que entremos en buscarle la quinta pata al gato, ¿cuál es la causa raíz de todas la guerras en la tierra? La respuesta es sencilla y visible: PODER, esa es la motivación de todas las guerras, el poder, el controlar a otros hasta avasallarlos.
El poder no es malo en sí mismo, por cierto, nada es malo en sí mismo, lo malo es la motivación hacia las cosas, el espíritu con el cual hacemos las cosas, y tristemente detrás de la búsqueda de poder cualquiera que sea, se esconden espíritus o intenciones que no son detectables a simple vista, y para los cuales se necesita un lente de discernimiento para descifrarlos. Uno de los espíritus ocultos detrás del poder, es la codicia, que es puramente una ambición desmedida, e incontrolable a causa de nuestras pasiones humanas. El ojo nunca se cansa de ver, y el mar nunca termina de llenarse, así es el corazón del codicioso, nunca se sacia, y tal cual barril sin fondo, nunca está satisfecho. La codicia se alimenta de la envidia, y esta -sin reparar consecuencias- no se detiene hasta lograr lo que persigue, no importa lo que cueste, citando a Maquiavelo, el fin no justifica los medios; por eso hay guerra, y cada día soplan vientos de guerra por doquier.
Mi Amado lector, quizás usted está en guerra contra alguien o es víctima de una guerra, sin darse cuenta, y es que las guerras anuncian los tiempos postreros, tiempos de alertas divinas a los hombres, haciendo que el hombre en su entorno se aperciba de los resultados de vivir fuera de Dios. Que sin ser algún erudito bíblico, nos volvamos reflexivos, hasta concluir que todo comenzó con la guerra del hombre contra Su creador y Dios, y que lo que hoy vemos es un resultado de esa guerra que se inició en el huerto de Edén, pero que Dios quiso hacer cesar enviando Su mediador entre El y nosotros, los hombres caídos, para así hacer la paz mediante Su sacrificio expiatorio en la cruz. Jesús es el cese a la guerra entre Dios y el hombre. El es la Paz de Dios, que nos da por gracia el volvernos a Dios como hijos amados y deseados de Su nombre. ¿Querrá Dios guerra contra Su criatura? ¡No! Por eso vino Jesús, como un cese a esa guerra mortal.